Nos situamos en Valladolid, en el año 1898 de la era de Nuestro Señor, en el nº 7 de la calle Platerías, según los más ilustres urbanistas una de las calles más bonitas de España. En esa casa vivía una gran mente, comparable a la del famoso Holmes. El nombre del poseedor de tan inigualable inteligencia era Alberto Cifuentes. Y el que les escribe estas líneas lo sabe porque, por obra y gracia de Dios, se vio envuelto en un lío del que salió ganando una maravillosa amistad.
Me encontraba yo por aquel entonces ejerciendo de catedrático de Historia en la Universidad. Recordando el día me río, pues daba yo lecciones sobre Juan de Austria a mis alumnos en el preciso momento en el que entró por la puerta un guardia. Al verlo me asusté, y aún más cuando se acercó y, susurrándome, dijo:
- Acompáñeme, por favor.
- Pe….pero, ¿por qué?- pregunté.
- No se preocupe, pronto lo entenderá- me contestó.
Subimos a un carruaje y el guardia dio una dirección al cochero. En el trayecto me explicó lo que sucedía:
- Verá profesor, seguro que usted sabe que el cuaderno de Bitácora que escribió Don Juan de Austria durante la batalla de Lepanto se guarda en el Museo de Historia de nuestra ciudad.
- Por supuesto, se lo decía a mis alumnos cuando me interrumpió.
- Pues bien, lo robaron hace tres días. El inspector González, encargado del caso, ha decidido pedir ayuda a Alberto Cifuentes, un detective privado. Este ha solicitado su presencia. A partir de ahí supondrá usted lo ocurrido.
Llegamos por fin a nuestro destino y bajamos del coche. El guardia llamó a una puerta, la de la casa nº 7 de la calle Platerías. Nos abrió un hombre, del que se asombrarán ustedes de su aspecto, un hombre alto y enjuto, con perilla y barba gris, pelo canoso hasta la mitad del cuello, desaliñado, con una bata marrón y fumando en pipa. Tenía unos penetrantes ojos azules con esa mirada de: `` Yo sé algo que tú no ´´.
Nos saludó e invitó a entrar. La estancia que había detrás de la puertaera un salón decorado de modo rústico. Retumbaba en la habitación el crepitar de una chimenea situada en un costado. Sentado en una esquina de la sala se encontraba al que me presentarían como inspector González. Me senté en un sillón de piel roja y presté atención a la conversación. Estaba hablando sobre el caso. De repente y sin previo aviso el detective me preguntó:
- Señor, ¿sería usted tan amable de contarnos lo que hay de peculiar y muy valioso en ese cuaderno?
- Lo que más le podría interesar al ladrón sería la ubicación de un pequeño pero muy valioso tesoro. Juan de Austria detalló de forma minuciosa la manera de llegar a él.
Vi sonreír al detective y me sentí confuso, ¿por qué sonreía?, ¿sabía algo?
- Ya sé quiénes son nuestros hombres, inspector- sentenció Cifuentes.
- ¿Qué? ¿Quiénes?- se exaltó el inspector.
- Verá, estuve investigando sobre las personas que han alquilado una casa cerca del Museo en las últimas semanas. Y descubrí que una de ellas y el jefe de la guardia del Museo son hermanos. ¡Y menudos hermanos! Son los Strafialari, los mayores traficantes de reliquias en el mercado negro que conozco. Según averigüé, el vecino, Silvio Strafialari, se encargó mediante una caída muy bien interpretada, de distraer a todos los presentes en el Museo. Mientras, Aldo Strafialari, con una copia de la llave de la vitrina donde de guardaba el diario, lo robaba. Todo limpio y sin dejar rastro. Así que ahí tiene a sus hombres. Suyo es el mérito.
Al día siguiente mientras desayunaba leí en El Norte de Castilla cómo el inspector González, gracias a sus extraordinarias capacidades, dedujo quiénes eran los ladrones y cómo los atrapó en una espectacular captura en la medianoche, con las manos en la masa, o mejor dicho, en el cuaderno.
Sorprendentemente, en los siguientes años, fui llamado en multitud de ocasiones por este ilustre vecino de Valladolid, requiriéndome consejos sobre sucesos históricos, y cuando murió, tuve el honor de que me eligieran para decidir su epitafio. Y no había otromejor que `` Temple de acero, rectitud de espada ´´, fiel imagen de su vida.
FIN
Álvaro Salgado Carranza
Valladolid, marzo de 2011
Álvaro recibiendo el premio del concurso Jeromín
Hola soy Carlos, le doy la enhorabuena a Álvaro Salgado por ese premio de Jeromín y por todo el esfuerzo que ha hecho que al final sí que ha merecido la pena.
ResponderEliminarHola soy Julia y me parece que Álvaro Salgado es una persona para tomar ejemplo y le doy la enhorabuena. Felicidades
ResponderEliminarHola soy Paula Alonso y solo quería darle la enhorabuena a Álvaro por este trabajazo.También le doy las gracias porque en el rato en el que me he estado leyendo esto me he entretenido mucho.¡Felicidades Álvaro!
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